Por Diego Durruty
(Enviado especial)
Todo esfuerzo tiene su premio. Hoy lo pude vivir en carne propia. Después de varios días lleno de tierra, de soportar el intenso calor, de tener que responderle que sí a todo argentino que me pregunta si hablo español, de que el Hércules pase de ser una linda experiencia a algo tedioso, de seguir remendando la mochila, de penar con la carpa que ya no da más, de dormir en el piso porque el colchón inflable se pinchó y de ir de acá para allá en busca de la información, me tomé un pequeño gustito.
Me invitaron a dar una vuelta en el buggy de Philippe Gache, quien abandonó en la primera parte de la carrera debido a una lesión de su navegante. No lo dudé. Dije que sí de inmediato, hice un paréntesis en el trabajo y allá fui.
Una minivan me llevó a unos ocho kilómetros del campamento de Antofagasta. Ahí estaba el camión de asistencia de Gache y su buggy blanco. Se pasó toda la tarde del día de descanso paseando a invitados de ASO, la empresa que organiza el Dakar, y a algunos periodistas.
Tuve que esperar unos 20 minutos. Pero realmente valió la pena. Me puse un casco negro, me lo ajusté y esperé mi turno. Como pude entré al buggy. Me ajustaron los cinturones de seguridad. Saludé al piloto y me preparé a disfrutar una experiencia que supuse sería única.
Es que ya había tenido la oportunidad de estar en la butaca derecha de este tipo de autos (me subí una vez con José Luis Di Palma en el prototipo Monti 09 en el autódromo de Alta Gracia y dos veces con Orly Terranova, primero con el BMW y luego con el Racing Lancer). Sin embargo, ahora estaba en un terreno propicio para semejantes bestias.
Gache puso primera y aceleró. El ruido del motor y el traqueteo de las suspensiones impedían que se escuchara otra cosa. En la medida que el prototipo cubría más metros, copiaba cada una de las imperfecciones del camino con suma naturalidad. Todo gracias a la técnica conductiva de Philippe: con los ojos bien abiertos siempre se anticipaba a lo que de deparaba el terreno con un volantazo o un rebaje.
A lo largo del tramo hubo dos saltos enormes. En el primero pensé “nos matamos” y en el segundo “ahora sí nos matamos”. Esas milésimas de segundo en el aire me provocaron una sensación inigualable.
Cuando bajé me –después de accionar accidentalmente el extintor del habitáculo- dijeron que en el último salto, el auto se puso en dos ruedas y que dio la sensación de que iba a volcar. Estoy seguro de que fue así, pero en ningún momento sentí eso.
Después de esos cuatro minutos, bajé relajado. Creo que fue por el continuo movimiento del buggy. Fue como una buena sesión de masajes, de esas que te recargan las pilas. Así que Dakar, ya estoy listo para todo lo que falta…
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