Mundo CORSA

El Autódromo cumple 60 años

Hace seis décadas se inauguró el máximo Coliseo del automovilismo argentino. Sin embargo hoy no tiene su mejor estado. ¿Feliz cumpleaños?

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Por Darío Coronel
dcoronel@corsaonline.com.ar
Era el verano de 1972. Los amantes del automovilismo gozaban de una fiebre sin igual. Días después de tener los 1000 Kilómetros de Buenos Aires, fecha válida por el Mundial de Sport Prototipos, llegaba la apertura de la Fórmula 1, que significaba la vuelta oficial de la Máxima al país. Por si fuera poco con el debut de Carlos Alberto Reutemann…

Ambas citas fueron en el Autódromo de Buenos Aires, elegido por la mayoría de los pilotos internacionales junto al francés de Paul Ricard, como los dos mejores del mundo. Hoy el Coliseo del deporte motor en la Argentina cumple 60 años. Lejos de aquél pasado glorioso, el escenario porteño no goza del mejor estado. Otro monumento histórico de nuestro país se pierde lentamente en el olvido. 

Fue construido en 1951, cuando a fines de aquél año, Juan Manuel Fangio y José Froilán González le pidieron al entonces presidente, Juan Domingo Perón, que les construyeran un autódromo. El General no perdió tiempo y de inmediato destinó los fondos para su gestión. 
En una entrevista con CORSA el año pasado, Pepe recordó que “cuando volvimos a Europa con Fangio, le pedimos al taxista que se diera una vuelta por los terrenos donde se iba a construir el Autódromo. Cuando pasamos nos quedamos impresionados ya que vimos 100 máquinas trabajando”. 

Concebido a lo grande, con la mejor infraestructura de la época, el Autódromo fue una de las obras más importantes de la arquitectura deportiva moderna. Más allá de los resultados, el objetivo era mejorar y ubicarse dentro de los mejores del mundo, misión ampliamente cumplida, considerando la envergadura que permaneció sin cambios por más de 15 años.

Largada del GP de Argentina de 1953, con Alberto Ascari en la punta.
La obra fue presentada por Jorge Sabaté, un arquitecto que fue intendente de la Ciudad de Buenos Aires (1952-1954) durante la primera parte de la segunda presidencia de Perón. El escenario que tuvo como primer nombre “Autódromo 17 de Octubre” (en homenaje al Día de la Lealtad), fue inaugurado el 9 de marzo de 1952 con la disputa de la “Copa Perón”, con la categoría Fórmula Libre, ganada por Fangio. 

El Chueco tardó 1:17.19.230 horas para cubrir las 30 vueltas del circuito 4 del autódromo, al mando de una Ferrari 166FL. En segundo lugar llegó Froilán con su Ferrari 166C y tercero el brasileño Francisco Landi, en su Ferrari 125C.   

Luego, desde 1953, fue sede de todos los Grandes Premios de la República Argentina con sus interrupciones del caso (1953/60, 1972/81, 1995/98). También recibió las visitas del Continental Circus, más conocido como Mundial de Motociclismo, que volverá al país el año próximo, pero en Termas de Río Hondo. 

Otras importantes categorías internacionales corrieron en sus diversos circuitos: el Mundial de Sport Prototipos, la Fórmula 2 Internacional y la Fórmula 3000 (fecha sin puntos en noviembre de 1992), entre otras. 

Bandera verde para el Turismo Carretera en el Gálvez (1989). Oscar Angeletti encabeza el pelotón.
En el ámbito nacional, el TC corrió por primera vez allí el 24 de mayo del ‘52 con victoria para Oscar Gálvez con Ford. También el TC 2000 dio en el escenario porteño sus primeros pasos, cuando en 1979 disputó su campeonato presentación y más tarde organizó los 200 Kms. de Buenos Aires. El TN organizó en varias oportunidades sus 24 Horas de APAT y el Top Race viene corriendo su Carrera del Año desde 2008.   

Con la llegada del Golpe Militar de 1976, el Autódromo pasó a llamarse “General San Martín”. Luego, con el retorno de la democracia, desde el 10 de diciembre de 1983 se denominó “Autódromo Municipal de la Ciudad de Buenos Aires”. Cuando falleció Oscar Gálvez, el 16 de diciembre de 1989, pasó a llevar el nombre del Aguilucho, al cual se sumó el de su hermano Juan Gálvez desde finales de 2005. 

Se trata de un lugar con mucha historia no solo para el deporte argentino sino del imaginario colectivo. Lamentablemente, como suele ocurrir en este país, tanto el Estado Nacional como el Municipal, se olvidaron de su mantenimiento en los últimos 30 años. 

Mediante la concesión privada a principios de la década de los años noventa, a cargo del recordado Martín Salaverry, el Autódromo sufrió su último cambio estructural hace 18 años, cuando se lo acondicionó para recibir otra vez a la Máxima desde 1995. 

Luego otros intentos privados hicieron y hacen lo que pueden. Acá no hay que echarles la culpa a los actuales responsables de la concesión. Gustavo Ronchetti y compañía buscan las mejores alternativas para mantener de mejor forma al escenario. Pero sin fondos públicos locales ni nacionales, es imposible cumplir con ese cometido. 

Cuánto duelen esos malditos rumores de algunos quienes aseguran que lo mejor es “tirarlo abajo…” o mejor, destinar esos terrenos al “negocio inmobiliario”. ¿Tan abajo hemos caído que nos podemos ni siquiera respetar un verdadero monumento histórico? 

Está perfecto que el Gobierno Porteño lleve a cabo la carrera del TC 2000 en las adyacencias del Obelisco y el centro de la Capital. Será un espectáculo único. Sin dudas. Pero esto debe no hacerlos olvidar de que en el polo sur de la ciudad se cuenta con un escenario que, con las mejoras del caso, tiene todo para volver a ser de elite a nivel mundial. 

Las últimas reformas importantes en 2011, como la repavimentación del Curvón Salotto y algunos sectores de seguridad, fueron solventadas en su mayoría por la ACTC y el Top Race. Por eso una empresa privada sola no puede hacerse cargo completamente de su reacondicionamiento. 

Por estos días se habla mucho del “Automovilismo Para Todos”. Del fuerte impacto estatal en la actividad. Para preservar las fuentes de nuestro deporte y entender por qué es la segunda disciplina más popular detrás del fútbol, se deben reforzar estas bases. 

Esto implica que, a pesar de las diferencias políticas, el Estado Nacional o el Municipal deben asumir el reacondicionamiento general del Autódromo, más allá de la eventual visita de una categoría internacional. Su pasado lo merece, su presente lo demanda y un futuro lleno de interrogantes lo exclama para que el Oscar y Juan Gálvez siga siendo un orgullo nacional.
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