Entrevistas

Madre del dolor

A seis meses del fallecimiento de Guido Falaschi, la emotiva entrevista que CORSA le hizo a Graciela Santilli, su mamá.

|
Por Diego Durruty
ddurruty@corsaonline.com.ar
http://www.twitter.com/diegodurruty

¿Qué preguntarle a una madre que perdió a su único hijo? ¿Qué decirle cuando tiene una herida que no sanará jamás? ¿Cómo no emocionarse ante su rostro lleno de lágrimas cuando recuerda lo ocurrido aquel día en que su vida cambió para siempre?... Es difícil responder estos interrogantes porque es imposible no conmoverse ante la presencia de Graciela Santilli, la madre del recordado Guido Falaschi. Su cara está marcada por la tristeza y el dolor. Y esas sensaciones se potencian cuando deja hablar a su corazón. Un corazón que está roto; hecho pedazos. Un corazón que llora. Un corazón que busca la respuesta a un cuestionamiento sencillo: ¿por qué?

Es 14 de febrero de 2012. Hace tres meses y un día que Guido partió para siempre. Hace tres meses y un día que a Graciela se le apagó “el motor de su vida”, como dice ella. Sin embargo está ahí sentada, dispuesta a volver el tiempo atrás y hablar de todo lo ocurrido después de ese trágico mediodía del 13 de noviembre de 2011 en Balcarce. Y a contar cómo son sus días, cómo son sus mañanas, cómo son sus noches…

Su voz está quebrada. Sus ojos no pueden contener el llanto. No le importan los flashes de la cámara de fotos. Tampoco el grabador con la luz roja encendida. Ella, con frases reflexivas y emotivas, cuenta su calvario; un calvario que no le desea a nadie. “Guido era nuestro único hijo. Y así tuviera cinco o seis, ningún hijo reemplaza a otro. Pero en este caso, quizás, es peor porque era único. Vivíamos para él. Nuestra vida giraba en torno a él. Y la verdad es que quedamos solos. Nos quedamos sin nada. Y es muy feo no tener nada. Es levantarse a la mañana sin darle sentido a la vida. Para mí es así. Pero bueno, habrá que acostumbrarse a sobrevivir… No a vivir; a sobrevivir de esta forma”.

La primera frase de Graciela marca el rumbo de una charla que se realizó en las oficinas del empresario Fernando Hidalgo, dueño del ex HAZ Racing Team y ahora PSG16 Team, en Belgrano. Ese encuentro duró “en on” una hora, pero se extendió “en off” otro tanto. “Fueron mis sicólogos”, diría luego del agradecimiento de rigor por haber hablado de algo tan doloroso.


-¿Cómo hacés para levantarte cada día?
-Guido es el que me está dando la fuerza… Si me preguntás para qué me levanto, es para saber la verdad de por qué murió mi hijo. Es por lo único que vivo. Era lo único que tenía y me lo quitaron. Le prometí a Guido que le iba a averiguar el porqué. Por eso siempre le digo todas las noches: “Esperame Guido que cuando sepa el porqué te voy a ir a buscar. Yo sé que nos vamos a volver a encontrar y que ahí nadie nos va a volver a separar”. Pero antes tengo que saber el porqué. Y no es tan loco lo que estoy pidiendo.
Por eso cuando me vienen a decir que fue un accidente, que fue la fatalidad, que fue la bolilla… ¿De qué estamos hablando? Me parece que un deporte se rige por normas de seguridad y no por la fatalidad y una bolilla… Sino, dejemos todo como está y nada… Que el presidente de la categoría (por Oscar Aventin) haya dicho que no falló nada, cuando murió un chico de 22 años, me parece de una grosería terrible… Por eso me pregunto, ¿para que fallara algo, qué tenía que ocurrir? ¿Que muriera media categoría? El solo hecho de que haya una muerte significa que algo falló… Sé que Guido está conmigo. Que me acompaña a cada momento. Lo siento, pero no lo puedo ver ni acariciar. Y eso es lo que más duele. Y te hace preguntar por qué se me fue a los 22 años. O qué hizo mal. La verdad que morir haciendo un deporte no me entra en la cabeza. Por eso es que quiero saber por qué murió. A mi hijo lo mandaba a correr sabiendo que hacía un deporte de riesgo, porque uno sabe que a 240 km/h siempre está latente la posibilidad de un accidente. Pero lo de Guido no fue un accidente. Lo de Guido fue una sumatoria de negligencias. Por eso quiero saber por qué murió Guido. Y si no fue por negligencia, que salgan a demostrarme lo contrario. Yo sé de qué murió mi hijo, porque eso salió en la autopsia; pero el porqué es algo que nadie me lo supo explicar. Y me parece que no es tan loco que me den una respuesta a eso…

-¿Y cómo es cuando termina el día?
-Igual. Espero todo el día para poder dormir. Y llega la mañana y digo: “Otra vez de día” y espero de nuevo a que llegue la noche para ir de nuevo a la cama. Y así pasan mis días. Los míos y los de mi marido. Porque Guido era el motor de nuestra vida. Uno vive en función de los hijos. Y vive para los hijos. Eso es una realidad. Por eso me llamó la atención cuando el señor Aventin salió a decir que todos los padres estamos preparados para recibir a nuestros hijos en un cajón de madera. Y la verdad es que yo no estaba preparada y ni siquiera lo estoy ahora. Sé que a Guido no lo voy a recuperar. Pero siempre tengo la esperanza de que esto sea un mal sueño… A lo mejor él (por Aventin) está preparado para eso, pero yo no lo estaba… Y tampoco lo estoy para asumir su muerte.

Graciela, pese a que tiene una angustia que la invade, no tiene reparos en recordar lo vivido aquel domingo. “Yo estaba en el autódromo… Nunca miro las carreras, estoy en el box… Estaba, mejor dicho, siempre rezando y mirando para abajo. Supuse que algo le había pasado a Guido porque escuché que decían: ‘¿Guido, escuchás? ¡Guido, contestá!’. Pero no me imaginé que le había sucedido algo tan grave. Ahí llamé a mi marido, que no estaba en Balcarce, y le dije que viniera porque a Guido le había pasado algo. Después me subí a un auto de una persona que estaba ahí y nos fuimos al hospital -nadie de la categoría se acercó para llevarme- y cuando llegamos me entero que mi hijo estaba muerto por un integrante del HAZ. Porque ni siquiera el médico salió a decirme: ‘Tu hijo murió’. A partir de ese momento cambió mi vida para siempre. Y seguirá así hasta que termine de averiguar los porqué y vaya a buscar a Guido… Y yo lo que prometo, lo cumplo. Y si tengo que decir algún día ‘perdón’ porque nombré a alguien que no correspondía o porque herí a alguien, también lo haré”.


A lo largo de la entrevista Graciela habla con fluidez, aunque la congoja la invade de tanto en tanto. El cigarrillo que iba a encender sigue esperando por el fuego. Mientras que el pañuelo descartable que tomó no bien comenzó la charla, le sirve para contener las lágrimas. Igual repite, con voz firme, que solo quiere que alguien le explique por qué murió Guido. Y enseguida enumera varias interrogantes, como el acta del hospital en el que Guido fue atendido. “Ahí figura que a las 14 recibieron un llamado diciendo que iban a llevar a un piloto grave, cuando el accidente ocurrió 14.09… Además, el certificado de defunción dice que Guido falleció a las 14.50, mientras que el médico de guardia anotó que a las 15 se le terminaron de hacer los ejercicios de reanimación cardiopulmonar”…

También carga con el estado del circuito balcarceño y con el Dr. Rodolfo Balinotti, médico de la ACTC. “Las personas que habilitaron la pista deben haber visto que las gomas, que eran viejas y no como indica la FIA, estaban desatadas y que las mallas que las cubrían se desarmaban al solo tacto. Por eso no cumplieron con su función de absorber el impacto”. Y luego, afirma crispada: “¡Cómo puede ser que el médico lo atienda con lentes de sol puesto y con guantes de piloto! El médico actuó de piloto. A Guido lo sacan del auto sangrando por la nariz y le taparon la boca, que era su única vía de ventilación. Ésa no es la forma de auxiliar a una persona que está mal. Y si no, que me vengan a explicar por qué lo auxilian así. Por qué lo suben a esa ambulancia, que no tenía ningún equipamiento. Son muchas preguntas que no tienen respuesta”.

Estos dichos no varían de los que Graciela dijo durante los últimos días, cuando dio su testimonio en televisión, radios y diarios. En sus palabras se nota una fuerte indignación, aunque ella prefiere llamarlo falta de respeto. “Yo no tengo nada más que preguntas. Las respuestas deben venir de otro lado y no llegan. Y las respuestas que llegan son ‘acá no falló nada’, ‘estamos todos preparados’, ‘fue la bolilla’… Y no es así. No son respuestas lógicas. Siento una falta de respeto, cuando yo no le falto el respeto a nadie. Ni yo, ni Guido… Quiero saber por qué hubo tantas fallas. Antes, durante y después de la carrera. Hay una sumatoria de errores y alguien tiene que asumir esas responsabilidades. Cuando algo falla, falla. Y si uno no reconoce que tiene un problema, es difícil buscarle la solución. Lamentablemente, hasta que no se reconozca que hubo errores, esto seguirá pasando”.

Graciela tampoco evita mencionar aquel mail que recibió su hermano a los pocos días de la tragedia. Era de alguien de la ACTC. Pedían los datos de una alguna cuenta bancaria para hacer una transferencia. Pero no decía en concepto de qué… “Mi reclamo no es por plata. Solo quiero saber el porqué”, aclara enfáticamente. Y luego cuenta una experiencia reciente. “Hace unos días alguien de la ACTC le preguntó a un allegado mío qué buscaba yo. Si era revancha. Pero no es revancha. Una cosa es la verdad y otra cosa es la revancha. Yo no quiero revancha hacia nadie porque Guido amaba el automovilismo y desde donde esté, sé que cuando empiecen las carreras las estará mirando… ¿Es tan difícil el decir el porqué? Me parece que no”.


Los únicos momentos en que a Graciela se le ilumina la cara es cuando recuerda a su hijo. “Mis 22 años con Guido fueron felices. Él disfrutaba estar con los abuelos, mis sobrinos... Guido fue un chico feliz. Siento que fue feliz. Cuando tenía 13 años, una noche vino, se tiró en la cama, me abrazó y me dijo: `La nuestra sería una familia más feliz si no existiera el colegio´. Él era así. Siempre fue un chico bueno; solo algunos retos porque no quería estudiar. Por ahí nos cruzábamos en la escalera para ir a los dormitorios y me corría carreras y me decía: ‘Te paso por adentro, te gano la cuerda’. Era súper cariñoso, mimoso… Todos nuestros momentos fueron gratos. Y entonces decís, por qué por una negligencia de alguien, una familia pierde toda su felicidad. La verdad, no me cierra… Pero tendré que acostumbrarme a convivir con esto: el dolor y la soledad”.

Una soledad que también se refleja en su hogar. “Mi casa ya no es más mi casa. Los trofeos de Guido están todos guardados. Lo único que tengo son los dos simuladores que usaba él. De lo demás, no hay nada. Su dormitorio está cerrado. Mi casa siempre estaba llena de gente. Y ahora quedó vacía. Van solo los verdaderos amigos de Guido, que me van a hacer compañía y que gracias a ellos me llenan un poquito el corazón. No es la casa en la que yo viví con Guido por 22 años, ni volverá a serlo. Por eso quiero saber por qué murió Guido, nada más. Por qué no se hicieron las cosas bien… Quién hizo las cosas mal. Porque, evidentemente, algo mal se hizo. Mi dolor no va a calmar cuando me expliquen el porqué murió Guido. Mi soledad y mi dolor seguirán hasta el día que me muera. Pero quizá pueda darle una explicación a mi hijo cuando vaya a verlo a su tumba”.


No hay minuto del día en que Graciela no evoque a Guido. Ya sea con ese tatuaje que se hizo en la muñeca derecha hace 20 días o esos lindos momentos que rememora una y otra vez. Claro que nada de eso llena ese vacío irremediable. Por eso decidió escribirle algunas cartas. Ya van cuatro. “Le escribí para Navidad, para Fin de Año, en enero y otra ayer (por el 13 de febrero), cuando se cumplieron tres meses. No lo quiero molestar, quiero que descanse en paz. Pero en la última le pedí que cuando pueda, se acerque y le dé un abrazo y una sonrisa a su papá porque él está peor que yo. Pero le pedí que lo hiciera cuando pueda, que no se sienta presionado. Porque quiero que descanse y que esté tranquilo. Y con respecto a mí, le dije: ‘Dejáme buscar los porqués. Te los voy a llevar y ahí nos vamos a reencontrar’”, afirmó con un llanto contenido. Pero una cosa que le resulta extraña a Graciela es que aún no pudo ver a su hijo en sueños. “No estoy enojada con Dios porque me lo está cuidando. Pero a veces le digo: ‘Che, Dios… No seas tan egoísta y prestámelo media hora a la noche para poder abrazarlo y besarlo’”.

Tras escuchar su última frase, el silencio invade la pequeña sala de reuniones. Es un silencio lleno de emoción, un silencio que sirve para tratar de contener las lágrimas. “No es que te deje sin palabras…”, dice Graciela. “Es que uno no encuentra palabras. Yo tampoco tengo más para decirte. No las tengo mientras no encuentre el porqué”.
IMPORTANTE: Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de las sanciones legales que correspondan. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar