septiembre 29, 2022

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Recuperado por cortesía de Cardoneros (nd-aktuell.de).

Junto con los recolectores de cartón, el comercio de reciclables en Argentina está prosperando. Sin embargo, Anna Maria Alfonso (abajo) de la organización MTE se queja de que los salarios de los trabajadores de la industria son insuficientes.

Foto: Grace Perview

Cae la tarde y el sol se pone lentamente detrás de los cañones de las calles de Buenos Aires. Figuras con grandes bolsas de plástico y carretillas aparecen entre la multitud cuando salen del metro y encuentran el camino a casa. Rebuscan en los contenedores, aceptan voluntariamente cajas de las tiendas y arrastran bolsas de varios kilos detrás de ellos, o apilan cajas en traqueteantes carritos de metal por las calles.

Hace apenas 20 años se prohibió la recolección de papel usado en lugares públicos, pero hoy es parte de la estrategia de reciclaje de la ciudad de Buenos Aires. No es el alcalde quien marca la pauta, sino los cobradores, y eso no es solo en la ciudad. En toda Argentina, las personas al margen de la sociedad se están organizando y tomando su destino en sus propias manos.

Los trabajadores de los patios de reciclaje provienen todos de los barrios marginales de la capital y tejen historias de hambre, penurias, violencia doméstica y drogadicción. En un momento la demanda fue tan alta que buscaron en la basura lo que quedaba. Anna Maria Alfonso también puede ver el sufrimiento de su vida hasta ahora. Su rostro habla de noches frías afuera, de una vida de una desgracia tras otra. Sin embargo, su comportamiento es enérgico, orgulloso y confiado. Porque la sociedad cooperativa ha ayudado a que sea lo que es hoy. Dirige el centro de reciclaje de la calle Cortejana en el distrito sur de Parque Patricios con alrededor de 400 empleados. Más de 1000 coleccionistas dejan sus productos aquí todos los días.

Comenzó hace dos décadas, dice Anna Maria Alfonso. En 2001, Argentina atravesaba la peor crisis económica que jamás había visto el país. La búsqueda de papel de desecho todavía se consideraba robo y merodeo. “Los cardonoros tuvimos que sobornar a la policía para que no se llevaran nuestros carros. Pagábamos por trabajar. Hoy es todo lo contrario”.

Miles de ellos tomaron los trenes que llegaban al centro de la ciudad todos los días, a veces pasando la noche afuera buscando cajas hasta que el primer tren regresaba por la mañana. Los cardoneros fueron hostigados y, en algunos casos, se intentó cortar los enlaces de transporte a los barrios marginales. El entonces político conservador en ascenso Mauricio Macri dijo a los medios en 2002: “Los recolectores de cartón nos están robando la basura”. Cinco años después, se convirtió en alcalde de la ciudad. También fue presidente de Argentina de 2015 a 2019..

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A principios de 2001, un grupo encabezado por el abogado Juan Grapois ayudó a los Cardoneros a organizarse y legalizar su trabajo. Un año después fundaron el MTE (Movimento de Trabajadores Excluidos), el Movimiento de Trabajadores Excluidos. Lucharon por la desmonetización a través de protestas y manifestaciones con muchos heridos.

Los cardoneros ahora son ampliamente reconocidos y su movimiento ha crecido. Los centros de reciclaje autogestionados han surgido en todo el país y ahora emplean a unas 20.000 personas. Solo en el centro de Buenos Aires, cada mes se reutilizan 7.000 toneladas de residuos en 12 puntos de reciclaje. Muchos municipios trabajan con ellos en la gestión conjunta de residuos para promover el reciclaje.

La base de este desarrollo fue el programa social Potenciar Trabajo introducido bajo el gobierno reformista de izquierda de Néstor Kirchner. El antropólogo y activista Santiago Soroch dijo que se tomó la decisión de centrarse más en las condiciones de vida de las personas marginadas. Para reintegrarse al mercado laboral, las personas reciben un salario estatal básico que pueden complementar con ingresos adicionales. La palabra clave es “economía popular”, cuyo objetivo es apoyar la economía de los pobres.

El término describe las habilidades de supervivencia de los grupos marginados de personas, que a menudo sobreviven con el salario diario y trabajos inventados por ellos mismos que, al menos por el momento, no están socialmente reconocidos ni regulados.

Al mismo tiempo, la “economía popular” es un esfuerzo colectivo para lograr la solidaridad mutua y una vida mejor para las víctimas. La filosofía de MTE también se basa en este concepto. Soroch dice que es correcto creer en el apoyo y la cooperación del estado, “después de todo, eso es lo que es”.

Sergio Sánchez, presidente de la Federación de Cordoneros de Buenos Aires, encuentra cintas transportadoras en el centro de reciclaje de Cortezana, máquinas que prensan para materiales separados y trituran billetes o chaquetas nuevas del banco central. “MTE pide, sueñas y creces”, dice. Es cuidar de los que han tropezado. “Vamos con ellos para que puedan volver a la vida”. Todos aquí saben lo que significa vivir en las calles, dice Sánchez. MTE también organiza comedores populares y donaciones de ropa. Se trata de la autoorganización, la apreciación del propio trabajo y, en última instancia, “no más marginados”.

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Sergio Sánchez se encarga de la integración de las empresas, Anna Maria Alfonso se encarga de la parte práctica. Principalmente es para ocuparse de los problemas diarios de los camaradas y apoyarlos. Por ejemplo, pone en contacto a los drogadictos con una filial creada especialmente para este fin o se ocupa del cuidado de los niños. Las experiencias violentas también son un problema.

Las cuestiones de género también deben abordarse, dice Alfonso. A diferencia de otras cooperativas del MTE, ha decidido mezclar hombres y mujeres en diferentes áreas. Muestra una gran escala atada al suelo del salón. Hombres y mujeres cargan sacos pesados ​​en la zona. Un hombre y una mujer se paran y se encargan de cada lectura de peso. “Quiero demostrar que ambos sexos son capaces de cualquier cosa”, dice Alfonso.

En Cortejana, Sánchez y Alfonso representan a los “líderes” de esta afortunada familia, y aunque MTE se describe a sí misma como una organización de base, las jerarquías han evolucionado a lo largo de los años. Los líderes, que representan una autoridad, ahora son miembros tempranos de entre 40 y 60 años. En la organización se les llama altavoces.

Sin embargo, todavía no ha logrado todas sus metas. Por ejemplo, Anna Maria Alfonso se queja de que algunas de sus compañeras se duermen en los laureles. Los salarios ganados, de las ventas de materiales y los subsidios del gobierno, todavía están en el nivel de subsistencia. Argentina vuelve a vivir una profunda crisis económica, lo que significa que no hay protección. La inflación ha superado el 60 por ciento en los últimos 12 meses. Los precios de los alimentos aumentan prácticamente todos los días. Según estadísticas oficiales, alrededor del 37 por ciento de la población vive por debajo del umbral de la pobreza.

La crisis económica también afecta al gobierno. La izquierda está tomando las calles mientras la derecha trata de obtener nuevos préstamos del Fondo Monetario Internacional, pero quiere acabar con los programas sociales a cambio. MTE también apoya las protestas. Pide la expansión de los programas y la introducción de un salario mínimo universal.

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MTE se ha convertido durante mucho tiempo en el coleccionismo de tarjetas. La organización ahora también tiene cooperativas formadas por sastres, ex convictos y trabajadores agrícolas. Además, administra jardines de infancia, programas sociales para personas sin hogar y escuelas. Próximamente se abrirá una universidad separada para el reciclaje y la economía circular. Los miembros de MTE ya están haciendo bolsas de basura, mochilas, carteras y obras de arte con materiales recuperados. El estado compra la mayor parte para su propio uso.

Algunos coleccionistas ahora también ocupan puestos gubernamentales. Patria Grande, la organización política hermana del MTE, es parte del gobierno estatal reformista de izquierda de Alberto Fernández y tiene tres miembros del parlamento. María Castillo es directora de Popularidad Económica del Gobierno Nacional desde 2019. Toma tiempo para una entrevista en un centro de reciclaje en Lomas de Zamora, un suburbio pobre de Buenos Aires. Ella lo prefiere a una oficina elegante en el centro. “Mi posición es una prueba de que podemos manejar ciertas partes de la sociedad, a pesar de las miradas sospechosas que cuestionan nuestro origen social y educación”, dice Castillo.

Pero ella no dejó que eso la detuviera. Explica que su trabajo es planificar la política en su área. Las organizaciones de base necesitan apoyo continuo con fondos públicos y una mejor gestión: “Pasan años antes de que se liberen los fondos para comprar máquinas. Los muchachos necesitan herramientas hoy y ahora”.

Además, se debe garantizar que todo el ciclo del material sea correcto, desde la recolección hasta el procesamiento y la reutilización de los productos. MTE ayudó a desarrollar un plan legislativo para esto: cada empresa que fabrica envases debe pagar una tarifa de reciclaje según el material. Según Castillo, el objetivo de la ley es “garantizar que todas las empresas utilicen en la medida de lo posible envases reutilizables y se promueva la economía circular”.

Pero el proyecto de ley ha estado languideciendo en el Parlamento durante años. El lobby corporativo, explica Castillo, tiene más peso que unos cuantos cordoneros y ambientalistas. No tiene dudas de que la lucha por vivir con dignidad es una lucha por reconocer la recolección y el reciclaje de residuos como parte de las obligaciones de la sociedad.